MUNDO

26 de julio de 2016

Aniversario de la muerte de Evita

Se cumplen 64 años de la muerte de María Eva Duarte de Perón, el 26 de julio de 1952, a los 33 años de edad, de cáncer de cuello de útero. Evita padecía de cáncer desde dos años antes y al momento de morir pesaba 38 kilogramos y tenía el mal ramificado por todo el cuerpo.

Falleció a los 20:23 pero la hora se estableció en las 20:25 para dejarla fijada en la memoria. El anuncio de su muerte, a pesar de lo esperado, tomó por sorpresa a mucha gente y desató una fuerte corriente de pasiones y adhesiones sobre todo de los más humildes.

Sin embargo, la pasión desmedida y desordenada que había por aquellos tiempos hizo que alguien escribiera en el obelisco, con tinta negra, la leyenda “viva el cáncer”.

Las 20:25 fue la hora en que Evita “pasó a la inmortalidad” designada desde entonces como “jefa espiritual de la nación”, título honorífico que había recibido días antes. Si bien Evita era muy querida, una medida innecesaria e irritativa obligó a poner crespones negros en las luminarias de las calles y llevar luto obligatorio a todo el mundo, incluido los niños.

Evita murió un sábado frío y lluvioso en Buenos Aires.  Los teatros y los cines levantaron sus funciones y los grandes comedores bajaron sus persianas. El duelo oficial se prolongó hasta el 11 de agosto, cuando sus restos, embalsamados por el médico español Pedro Ara, fueron depositados en el edificio de la Confederación General del Trabajo.

Se suspendieron los partidos de fútbol, las carreras de caballos y los bailes. La única actividad pública permitida fue la proyección de una película frente al obelisco. “Eva Perón, eterna en el alma del pueblo”.
El velatorio se realizó en el ministerio de Trabajo y Previsión y luego se trasladó al Congreso de la Nación. Desde el oficialismo abundaron pésames para todos los gustos y sensibilidades. Algunos la compararon con Isabel la Católica, Juana de Arco y Maria Curie; otros le reclamaron al Papa la canonización. Juanita Larrauri dijo: “jamás tantos lloraron con tantas lágrimas una pena tan honda para su corazón”.

El secretario de la CGT, José Espejo, propuso que el velorio que se estaba haciendo en Buenos Aires se repitiera en cada capital de provincia. La iniciativa no prosperó, pero Borges se inspiró en ella para su poema “El simulacro” expresa el clima de aquellos días.

Si bien la muerte de Evita fue motivo de manipulaciones y especulaciones políticas de oficialistas y opositores, algunas miserables. La verdad es que fue llorada con desconsuelo, amor y pasión. Ninguna especulación hubiera valido sin su popularidad que se extendía a grandes multitudes.

Todas las mujeres que han intervenido en política después de ella han intentado imitarla. María Estela Martínez quiso hacerlo y se hundió en el ridículo. Cristina Fernández intentó hablar en la plaza enronqueciendo la voz, pero no tiene magia ni carisma  y eso no se compra ni con todo el oro del mundo. Como está escrito desde hace siglos en un célebre frontispicio: “Lo que natura non da, Salamanca non presta”.

De la misma manera, después del “´proceso” genocida, hubo algunos de sus máximos responsables que intentaron tomar el modelo de Perón para prolongarse en la política, por ejemplo, Emilio Massera y Leopoldo Galtieri. Ambos quisieron convertirse en una suerte de “Peroncitos” después de haber abominado el peronismo,  pero la realidad les mostró la otra cara.

Revelaciones recientes han demostrado que  Eva Perón, poco antes de su muerte fue sometida a una lobotomía prefrontal, que se le practicó en el más absoluto secreto, de la que son prueba los agujeros que se ven en el cráneo de su cadáver momificado. No sólo Eva nunca supo de esta operación, sino que tampoco, que un norteamericano estuvo a cargo de la intervención quirúrgica. Ella  era  muy antinorteamericana y antiextranjera.

En los primeros meses de 1952, con el cáncer de cuello de útero declarado, el dolor era insoportable. Frente a esta terrible situación, Perón quiso que su mujer no  sufriese.

A través de dos orificios en el cráneo, se introdujo para practicar la lobotomía un leucótomo en cada lóbulo frontal, con el objetivo de seccionar las fibras nerviosas vinculadas con las emociones del dolor. La operación se realizó en la habitación de Eva Perón en el Palacio Unzué, en junio de 1952.

Hasta allí llegó el reconocido neurocirujano norteamericano James L. Poppen, que había operado a John F. Kennedy padre de una hernia de disco en 1943.

La instrumentista Malena Riquelme, entre otras fuentes, confirmó la operación. La mujer aseguró que Poppen le confirmó la realización de la intervención, aunque estaba preocupado, al mismo tiempo, de que no se divulgara la intervención. Hubo guardias presidenciales dentro del “quirófano” donde se intervino a Eva, por cuestiones de seguridad.

Tras la muerte de Evita, Popper viajó a la Argentina para visitar a Perón, que lo condecoró con la Orden de Mérito, en 1954. La “amistad” entre ambos, que como vemos se extendió tras el fallecimiento, fue también un secreto de estado.

Como lo muestra un documento confidencial y secreto de los Estados Unidos,  antes de viajar a la Argentina, Poppen le pidió una entrevista al entonces presidente norteamericano Dwight Eisenhower, para llevarle un mensaje de buena voluntad a Perón. La respuesta de la Casa Blanca fue que, ante los rumores de que Perón tenía un tumor cerebral, la visita del prestigioso médico podría haber dado lugar a nuevos rumores y especulaciones.

Su historia
María Eva Duarte de Perón nació en Los Toldos, Buenos Aires, el  17 de mayo de 1919 y murió en el  26 de julio de 1952, a los 33 años Se casó con Perón en 1945 y tras la asunción de este como Presidente de la Nación Argentina el año siguiente, Duarte se convirtió en primera dama.

De origen humilde, migró a Buenos Aires a los quince años donde se dedicó a la actuación, alcanzando renombre en el teatro, el radioteatro y el cine. En 1943 fue una de las fundadoras de la Asociación Radial Argentina (ARA), de la que fue electa presidenta al año siguiente. En 1944 conoció a Perón, entonces secretario de Estado del gobierno de facto, en un acto de recaudación de fondos para las víctimas del terremoto de San Juan. Ya casada con Perón, participó activamente en la campaña electoral de su marido en 1946, siendo la primera mujer argentina en hacerlo.

Impulsó y logró la sanción en 1947 de la ley de sufragio femenino. Tras lograr la igualdad política entre los hombres y las mujeres, buscó luego la igualdad jurídica de los cónyuges y la patria potestad compartida con el artículo 39 de la Constitución de 1949. En 1949 fundó el Partido Peronista Femenino, el que presidió hasta su muerte.

Desarrolló una amplia acción social a través de la Fundación Eva Perón, dirigida a los grupos más carenciados. La Fundación construyó hospitales, asilos, escuelas, impulsó el turismo social creando colonias de vacaciones, difundió el deporte entre los niños mediante campeonatos que abarcaron a toda la población, otorgó becas para estudiantes, ayudas para la vivienda y promocionó a la mujer en diversas facetas.

Adoptó una posición activa en las luchas por los derechos sociales y laborales y se constituyó en vínculo directo entre Perón y los sindicatos. En 1951, para las primeras elecciones presidenciales con sufragio universal, el movimiento obrero propuso a Evita, como la llamaba la población, como candidata a vicepresidenta, sin embargo ella renunció a la candidatura el 31 de agosto, conocido como el Día del Renunciamiento, presionada por las luchas internas en el peronismo y la sociedad ante la eventualidad de que una mujer apoyada por el sindicalismo pudiera llegar a vicepresidenta.

Tras morir el 1952,  recibió honores oficiales y fue velada en el Congreso de la Nación y en la central sindical (CGT), con un reconocimiento multitudinario sin antecedentes en el país. Su cuerpo fue embalsamado y ubicado en la CGT. La dictadura cívico-militar autodenominada Revolución Libertadora secuestró y profanó su cadáver en 1955, ocultándolo durante dieciséis años.

Escribió dos libros, La razón de mi vida en 1951 y Mi mensaje en 1952 y recibió numerosos honores. Entre ellos el título de Jefa Espiritual de la Nación, la distinción de Mujer del Bicentenario, la Gran Cruz de Honor de la Cruz Roja Argentina, la Distinción del Reconocimiento de Primera Categoría de la CGT, la Gran Medalla a la Lealtad Peronista en Grado Extraordinario y el Collar de la Orden del Libertador General San Martín, la máxima distinción argentina.

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