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6 de mayo de 2017

Un uniforme y mucho más por José María Serroels

Los avatares del destino llevaron a que un policía entrerriano y un ciudadano brasileño se encuentren en una ruta. El primero, conduciendo su vetusto automóvil y el otro caminando por la banquina sin mayor orientación. Este episodio se terminó ligando con el hecho infrecuente del aterrizaje forzado de un aeroplano en un campo del departamento Federal. Con el correr de las horas se conocieron detalles reveladores de la subsistencia de valores y reglas de conducta ejemplares, tanto más si su protagonista consideró su proceder como simple “cumplimiento del deber”. Sin dubitar, rechazó una altísima suma de dólares ofrecida por el finalmente confeso piloto de la aeronave -quien había trasladado drogas- a cambio de favorecerlo. Ante un alto nivel de corrupción que involucra a funcionarios del Estado, este acto debe resaltarse sin retaceos. Alguien dijo que “este tipo está loco” (aludiendo al uniformado), pero en realidad el Sargento Ayudante Horacio Iglesias -quien no debería considerarse una excepción en su Fuerza-, nunca estuvo más lúcido y más cuerdo al momento de decir no. Consentir el soborno le habría solucionado graves dificultades materiales, pero le generaría un nuevo problema: el no poder dormir tranquilo. Sus reflexiones exhiben la solidez con que se arraigan ciertos preceptos sustanciales en quienes sienten como normal lo que otros observan como rareza. En este caso incidieron razones que preceden a su condición de policía donde juró servir con honradez. El entorno familiar, el legado ancestral y su lugar en el mundo, se juntaron para dirigir sus acciones.

Por Luis María Serroels

No sería justo suponer que Iglesias (de 52 años y 23 en el servicio) es un “rara avis”. Muchos camaradas (y la sociedad toda) cultivan este tipo de gestos que suelen permanecer en el anonimato. En el episodio de marras, andaba patrullando en su vehículo por desperfectos en el móvil oficial. Y su recorrida le deparó una experiencia que no olvidará jamás, al margen de que confiesa haber sido tentado otras veces para actuar indebidamente. En tiempos de tanta corrupción estructural cobijada bajo la manta de la impunidad, alguien que se desempeña como brazo armado de la ley en zona rural, rechazó por inmoral e ilícita la oferta de una gran cantidad de dólares como retribución para dejar escabullirse a un eslabón esencial de la cadena del narcotráfico. Quien en una mesa de café lo supuso un loco “por dejar pasar semejante ocasión en medo de un camino donde nadie se enteraría”, no sólo confiesa lo que él haría en su lugar, sino que muestra ser un genuino representante del prejuicio fácil y arbitrario. Es cierto que hay cosas que resultan más impactantes cuando más esporádicas, pero ello no debe conducir a relativizar este tipo de conductas. Iglesias carece de vivienda propia, convive con su madre y con sus propias manos –y recursos bien habidos- va construyendo lo que será su propia casa. Ese Duna modelo 94 convertido en patrullero, quiso Dios que lo transporte por el lugar justo y en el momento justo. No es sencillo reinstalar las virtudes extraviadas en medio de la caída vertical de la decencia como si existiese una suerte de máquina trituradora de las buenas artes. ¿Alguna vez habrá una marcha –no ya silenciosa sino muy expresiva- que busque estimular y reconocer el comportamiento de un defensor del orden? Aquí hubo una actitud que no dejó de ser temeraria, en tanto en la escena se hallaba un narcotraficante dispuesto a todo para zafar de una situación límite. No es fácil olfatear el particular aroma de tantos verdes billetes en medio de un paisaje que garantizaba impunidad y decirle no al ofertante. No es sólo la negativa y el rechazo a tan tentador ofrecimiento lo que realza esta actitud, sino el hecho de que su protagonista consideró su respuesta como el normal cumplimiento de su deber. Permanecer callados ante este gesto resulta ingrato, mientras diariamente vemos transitar por la vía pública a personajes enriquecidos ilícitamente en funciones políticas, como si ninguna cuenta tuvieran que rendirle a los jueces y a la sociedad. Son figuras conocidas que deben agendar las fechas y horarios de presentación ante los fiscales. Por estos días se sustancian sendas actuaciones tribunalicias que involucran a dos efectivos policiales por el delito de homicidio (de hecho el área de Asuntos Internos de la fuerza se encarga de investigar y dictaminar ante eventuales actos de inconducta en que incurriere el personal de cualquier jerarquía). No es difícil advertir que –como antiguo fenómeno-, se le da mayor difusión a lo negativo que a lo positivo, pero ello forma parte de pautas que el colectivo social tarda en corregir. El hombre que rechazó un jugoso soborno, sabía de antemano cómo iba a actuar. Por supuesto que hay de todo en la Viña del Señor, pero lo que importa es que la guadaña moralizadora pase por donde deba pasar. La cuestión es saber dimensionar actitudes paradigmáticas y esparcirlas para que actúen como contagio. Lo sucedido en una zona bucólica de las cercanías de Federal, sirve como mensaje desde un servidor público bien aprendido, que reivindica el valor de una buena herencia inserta en su ADN y las enseñanzas hogareñas. En síntesis: es la noble madera lo que da solidez a las buenas conductas. También adquiere una condición de prototipo para toda la sociedad. Un funcionario enalteció su uniforme y hubo quienes lo formaron proveyéndole las herramientas virtuosas para que actúe como sostén del orden y la seguridad, con uñas cortas y bolsillos flacos. Algo que se requiere en todos los ámbitos e instancias de la vida. Nadie pretende que las policías del mundo estén pobladas de monjes tibetanos con chapa de vigilante. Basta con que cada efectivo cumpla a rajatabla con los reglamentos e incorpore a la ética como un cancerbero implacable las 24 horas del día, los 7 días de la semana y los 12 meses del año…

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