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LOCALES

14 de noviembre de 2016

El circo los unió para siempre

Milton Padilla y María Perla Echegaray, artistas circenses que llevan 58 años juntos. Una historia de amor. El circo los unió para siempre

“Había una vez…”. Tres palabras mágicas. Infinitas historias acompañan a la humanidad desde el comienzo de los tiempos. La vida de Milton Padilla y María Perla Echegaray es emocionante de cabo a rabo. Es la aventura de un matrimonio de artistas circenses que vive y vivió con todas las letras.

Cuando UNO llegó a la casa del matrimonio, el propósito era hablar con Milton acerca del papel de payaso en el show de Pisa Pisuela que muestra el Coro de la Ciudad de Paraná. Este hombre de 86 años se luce como un joven de 20, y divierte tanto a chicos como a grandes. Pero la entrevista dio un giro inesperado, y el protagonista y su pareja terminaron relatando una historia que comenzó hace mucho tiempo en un circo.

En su casa de calle Pucará de la capital entrerriana, el matrimonio exhibe parte de su vida en las paredes. Cuadros y más cuadros, con fotografías de sus años en el circo. Lo más asombroso está a la vista: tres generaciones retratadas de artistas circenses. Las historias se entretejen. Son los engranajes de un relato que desemboca en los principales momentos de la familia Padilla.

Milton nació en Córdoba hace 86 años y hace poco decidió asentarse en Paraná con su esposa, María Perla Echegaray, quien lo acompaña casi desde el comienzo.

La historia arranca con el fallecimiento de la abuela de él –cuando su padre nacía–, allá en España. Abatido por la tristeza, el abuelo de Milton, Manuel Filadelfo Padilla, resolvió cambiar de rumbo y cruzar el mar con su hijo Oscar.

Luego de una larga travesía por América del Norte, decidió mudarse a Chile, donde construyó un carro, empezó a trabajar y se encontró con Eloísa Balbontín, dueña de viñedos, con quien luego tuvo dos hijas.

Milton recuerda cada detalle; es como si cada mañana desempolvara los retazos de una historia familiar que lo contiene. Se sumerge en sí mismo cuando cuenta; allí persigue la desmemoria con la que batalla día a día. De golpe abre los ojos muy grandes, y arroja victorioso una frase que le da continuidad al relato.

En Chile, por esas épocas, un obispo francés recorría América Latina. En una capilla bautizaron a Oscar –el papá de Milton–, y a falta de padrino, el religioso accedió a serlo a cambio de que al bautizado le pusieran su nombre: Sandalio. Y así fue.

Años después el obispo, en uno de sus viajes, les trajo una máquina de cine para pasar películas. “El artefacto se manejaba con la mano y funcionaba a luz de carburo. Mi abuelo aprendió a manejarla, empezó a pasar películas en el barrio y decidió comenzar a hacer giras. Viajaban en tren, iban a un pueblo, alquilaban un galpón en el mismo tren. Después se hicieron un carro con carpa arriba y ahí llevaba todo”, contó Milton.

Un día llegaron hasta un lugar donde no había galpón. “No había nada, solo un circo”, explica Milton, y agrega: “Ahí empezó todo. Mi abuelo habló con el dueño e hicieron una función de circo-cine de prueba”.

La iniciativa tuvo gran concurrencia y las partes formaron una sociedad. “Pero así como era negociante el dueño del circo, era corrupto. Mi abuelo se dio cuenta que lo estaban currando, así que cuando volvió de la gira le propuso a mi papá hacer un circo y separarse del hombre”, relató el exartista circense.

“Lo construyeron con lona de lienzo y la gira comenzó de nuevo. Fue idea de la abuela llegar a Argentina. Entraron por el sur y se fueron instalando en varios pueblos. Entre ellos Punta Alta (al sur de Buenos Aires), donde el circo quedó destrozado por culpa del viento. En ese destino formaron una nueva sociedad con los dueños de otro circo”, relató Milton. En ese nuevo circo-cine fue cuando Oscar –su padre– se enamoró de la mujer estrella que practicaba trapecio, bailaba y cantaba: Raquel Farfami.

Pero eso no fue todo, el hermano de Raquel también se enamoró de la hermana de Oscar. “Hicimos canje”, señala Milton entre risas.

De inmediato se recompone y continúa con la aventura del relato. La gira desembocó al tiempo en Tres Arroyos donde había un teatro que mermó su actividad con la llegada del circo de los Padilla. Pronto, el director también se incorporó a la travesía y con él las obras de teatro al espectáculo.

“El actor les enseñaba el arte del teatro. Mi papá empezó a trabajar y a andar bien”, cuenta Milton. Luego de un show en el que su padre quedara en ridículo por culpa de su tío, el circo partió a Buenos Aires. Allí comenzaron a cantar en los boliches.

“Hasta que vino mi tío de nuevo y le ofreció la sociedad a mi padre a cambio de no hacerle pasar otra vez el mismo transe. Mi papá aceptó y se instalaron en Córdoba donde nací. Hice la escuela primaria por un tiempo hasta que no fui más y empecé a trabajar en el circo”, expresa el hombre.

A los 9 años, cuando Milton ya trabajaba en el circo, conoció a María Perla –su actual esposa-. Ahora entra en escena ella, la mujer nacida en San Juan que relata: “Cuando ocurrió el terremoto en mi provincia quedé huérfana con mis hermanos. Un tío nos buscó y nos llevó a vivir y trabajar en un circo de Córdoba”.

“Yo tenía 9, y ahí la vi a ella, una flaca de ojos grandes con trenzas largas”, comenta Milton mientras mira a María Perla en tiempo real y deja entrever su amor incondicional. Llevan 58 años juntos y ambos parecen testigos de que existe el amor a primera vista y para siempre.

María retoma la historia: “Estuvimos un tiempo en Córdoba, pero luego nos volvimos a San Juan a seguir trabajando en circos. Pasaron los años y cuando tenía 18 me encuentro con Milton y decidimos casarnos. Mis hermanos no estaban de acuerdo, pero nos casamos igual”.

Años después, Milton instaló un nuevo circo con su hermano. Los dos hacían un show de trapecios. “Ese número traía mucha gente”, manifestó el hombre de 86 años.

El matrimonio siguió en la actividad y viajó por distintas partes del mundo con cuatro hijos a cuestas, quienes también eran estrellas circenses. Fueron una familia de artistas de tres generaciones que dieron que hablar a nivel nacional e internacional. No es para menos; no es común encontrar una contorsionista –por María Perla- casada con un trapecista –por Milton– y sus hijos llevando la misma profesión.

Ya de adulto, el extrapecista cuenta: “Un día mis hijos nos recomendaron –a mi esposa y a mí– que dejáramos el trajín en el que habíamos vivido toda nuestra vida. Así que nos jubilamos, y ahora uno de nuestros hijos se encarga de la calesita del Thompson, que es emprendimiento nuestro”.

El matrimonio vive en Paraná. Cuando se casaron por iglesia juraron amor eterno y cuidarse en la salud y la enfermedad hasta que la muerte los separe. Y así lo han cumplido a rajatabla, ya que la excontorsionista ahora se encuentra bajo tratamiento de diálisis y su esposo no la deja nunca. “Quiero agradecer a la gente de diálisis que me atiende muy bien”, concluyó María. 

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