n discurso de una hora clavada, con el final “emocional” ensayado durante días debe ser escuchado de nuevo o releído para un análisis a fondo. A título de primeras impresiones es claro que el Presidente pareció olvidar que gobierna hace quince meses, en los que la inflación subió, hubo recesión, aumento del desempleo y que en lo que va del año se vienen cerrando fábricas en todo el país. En varias ocasiones enunció iniciativas que crearán (crearían) “decenas de miles de puestos de trabajo”. No le fue posible repasar ejemplos semejantes desde diciembre de 2015.

El anuncio de decretos y leyes para regular el conflicto de intereses llegan quince meses tarde con el escándalo del Correo ya producido y el de Avianca al rojo vivo.

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El presidente contradijo casi en cada párrafo sus invocaciones al diálogo y a la unidad. La melosa búsqueda de consensos se refutaba con reproches permanentes al “populismo”,  “la corrupción” (la de otros, se entiende). En un momento significativo Macri se salió del libreto para tirar una chicana sobre Roberto Baradel. Sonreía de oreja a oreja, estaba feliz. Su bancada aplaudía a rabiar. La unidad El macrismo confronta contra lo que define como kirchnerismo. Cree que esa táctica es eficaz.

La palabra clave, acaso la más pronunciada fue “cambio”. “Revolución” quedó ligada a la educación. Corrupción se mencionó muchas veces. “Industria” nunca. “Trabajadores”, poco.

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Macri alude a un país virtual, en el que ocurrirán muchas mejoras. Es habitual en este tipo de discursos. Lo acumulado desde su llegada no ayuda y es prolijamente omitido.

Pletórico de autoalabanzas, capcioso en el balance, elusivo en los problemas candentes, la apuesta del discurso es el formato de campaña. También ahí se subestima que, a quince meses de gestión (casi un tercio del mandato) el gobierno es más su presente que el pasado de los otros. Y que el rostro del presidente es el de la vida cotidiana de los argentinos y no el que proponen sus asesores en maquillaje.

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